viernes, 4 de septiembre de 2015

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Hay algo fetichista que nos impulsa a publicar aquí o allí. Llamadlo Facebook, Twitter, Instagram. Renunciamos a una parte en beneficio del todo. Como si el segundo en el que la pólvora prende e incidencia a unos pocos, nos sirviese de alimento instantáneo. Por eso gritamos de placer en la respuesta.
Aquí como en la vida, somos capaces de disparar por un aplauso. 
Poco importa el grado de belleza o verdad, la necesidad de hacerlo, el desagravio. Chupamos cámara con la ansiedad de quien no tiene espejo o vida o alguien. 
Arrojamos la poesía al experimento, sin mirar la etiqueta del frasco.
Nos reímos de Paulo Coehlo, mientras lloramos a los muertos de otros como si fueran nuestros. Abusamos de la pose, del idioma, de las tardes. Manoseamos las citas más célebres por seguras, a la luna también por lejana y fiel. Castigamos el triunfo de otros, lo catalogamos, quitándole hierro a quien llega mas lejos que nosotros.

Nos vendemos barato, a precio de saldo, para que los Dioses puedan ejercer su rol sin esforzarse demasiado.

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