miércoles, 2 de septiembre de 2015

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Hay algo que me punza la caja torácica en esta época.
Es un dolor menor, casi una molestia. 
Recurro a la actividad alta para combatirlo, doblo las sesiones de entrenamiento, llevando a mi cuerpo al límite. 
Y me siento mejor físicamente, llegando a desconectar casi por completo, cuando corro o hago circuitos en el gimnasio. 
Pero el día azul de chanclas y toalla, cuando me acerco al sol, la molestia se hace más palpable. Veo a un padre que tiene mi edad aproximada, llevar a si hija de la mano hasta el borde de la piscina, mientras los ojos de su mujer expresan todo aquello que la vida puede iluminar. Aquella pareja que discute y se come la boca con tan solo un par de minutos de diferencia o aquel grupo de colegas que fusilan el silencio con bombas acrobáticas, y me siento pequeño. Se agranda la toalla y el libro, mi tamaño es el de la letra perdida. Una de esas que no termina de asociarse con otras para formar la palabra exacta.
Es como si cuando llegase el verano, la ausencia de un proyecto de piel, hiciera más palpable la porción de soledad que habita en mí.


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