domingo, 18 de enero de 2015

CCLXXXII

El lenguaje de los medios nos ensancha el paladar, para que nuestros cuerpos sean resistentes al hecho violento. 
Así nuestras pupilas se adaptan desde edades tempranas a las reglas del juego.     
Vivimos en un entorno de violencia que abarca varios campos de la sociedad, desde la selva laboral hasta las relaciones de pareja. 
La soledad, el miedo, la falta de recursos, el déficit cultural, la costumbre, la presión social, las nuevas tecnologías, ejercen una presión constante en la piel de cada ciudadano, alterando su tolerancia a la agresión y domesticando al cuerpo.
Las ciudades están llenas de nosotros, hombres y mujeres a medio grito, polarizados por valores y extremistas en las consecuencias . Olvidamos los pequeños detalles, esas huellas susurradas que son el eco de algo mayor.
Después de todo, la libertad comienza a fraguarse en la memoria, para después propagarse a través del vínculo.


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