martes, 8 de diciembre de 2015

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Debería hablar de luz, porque la mayoría de la humanidad desea un intercambio amable exento de demonios de alfiler. Podría hacer un ensayo del amor de mi madre, decir que está a la altura de Diana, sin necesidad de portar un látigo de la verdad, porque la verdad la lee en los ojos, cada vez que te mira.
¿Hay un ejemplo de mujer más grande que esta?, me pregunto y me respondo. Bueno realmente esto nunca llegó a ser una pregunta, más bien una certeza abierta y palpable como la vida.
Y digo todo esto para poder abordar lo que viene, las palabras que se agolpan en el quicio de la puerta de mi pecho abierto.
Aviso, vivo el amor de manera distorsionada. Soy independiente en mi fortaleza de talón, la mayoría del tiempo vivo solo. Soy un tipo con tendencia al autocastigo. Mi mente es un compendio de cristales que no terminan de estructurarse. Sufro antes de sufrir, muero antes que la muerte y sin ser boxeador me he fracturado quince veces la misma costilla.
A pesar de eso vivo descalzo. El noventa por ciento de las mujeres que me he topado me han tratado de manera violenta. Y no hablo de cuchillos, ni patadas. Hablo de silencios, mentiras, chantajes, palabras como bombas lapa, labios afilados como mariposas certeras. Atención, hablo de mí, por mí, para mí. No generalizo ni comparo mi situación con ninguna otra, ni estoy hablando de sexos o niveles. Hablo de la violencia que me ha tocado vivir y que me hace sospechar que en otra vida si la hubo, tuve que ser un grandísimo hijo de la gran puta y que ahora estoy pagando las consecuencias.


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