domingo, 15 de noviembre de 2015

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La luz es imprevisible, llega como un puente de futuro sobre la mesa de trabajo agujereada de puntos y comas. 
Resulta curioso cómo las heridas llegan a cicatrizar sin explicación. El diente que una vez fue la mitad del número Pi, lucía hermoso después de dos sesiones en la clínica dental. 
Hacía tantos años de aquello, pero todavía recordaba el ruido sordo, el frío tacto del acero al golpearle la cara. Casi veinte años después repitió frente al espejo: te perdono, me perdono. Sé que las zancadillas infantiles, no tienen vocación homicida, la mayoría de las veces se hacen por azar.
También tuvo algo que ver ella y su perfume de mora.
La conoció en una parada de autobús. Ella lloraba como si el mundo se estuviese despedazando, como si al cielo le arrancasen el horizonte a tiras y estuviese a punto de caer. Él le ofreció un pañuelo y 3 palabras. En todo el trayecto, el único sonido destacable, fue el del roce de sus rodillas. 
Le pidió el teléfono en un alarde de tempestad. Todavía no existía Whatsapp, así que se forzó a llamarla dos días después.
Nada iba a durar mucho más allá de esa noche, pero el amor y los cuerpos, no se dejaron cuestionar por variables de tiempo o derrotas. Hay poemas que no requieren continuidad, ya que su profundidad de lago o raíz, no necesita de artificios, convivencia o manos entrelazadas.
Era morena, con el pelo largo y cierta tendencia a la sonrisa. Tenía una funda provisional en el mismo paleto que a él le rompieron aquella vez. 
Se la quitó para hacer el amor.
Fue tan bello verla completamente desnuda, comprendió tantas cosas esa noche, que volvió a tener la necesidad de dormir con la puerta abierta, después de haber estado encerrado 19 años de su vida.


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