domingo, 15 de noviembre de 2015

175

Recuerda como sonaba la canción más triste del mundo, cuando parado frente al espejo, tiraba el pulpo contra el cristal, con la misma violencia que recibía de la otra habitación.
Su padre siempre tenía la última palabra.
La madre aparecía temblando una media hora después y comenzaba a vestirlo, metódicamente. Tanto que no se sabía si el niño se iba a la cama o a una reunión de trabajo.
Solía dormir con la cabeza debajo de la almohada, por si los gritos o los monstruos, que también existían.
El Martes le partieron un diente en el recreo. Primero le tiraron el bocadillo y no se inmutó. Luego el mismo niño le hizo una zancadilla y al caer contra el suelo se partió una paleta. Tampoco reaccionó. Bueno sí, tres minutos después agarró al otro y le tiró con tanta fuerza de los pelos, que se quedó con un mechón en la mano.
Tampoco reaccionó 15 años después, cuando su pareja, una chica que conoció en la facultad y con la que se fue a vivir en menos de un mes, en mitad del almuerzo, le tiró un trozo de comida a la cara. Se quedó allí parado, mirándola como asumiendo que el mundo era así. 
Tenía problemas de erección cuando hacían el amor, pensaba cómo y dónde ella le ponía los cuernos con Hernán y no podía concentrase. 
Muchos días pensó en provocar una guerra mundial, para que ella le disparase puré de patata y que la mancha fuera tan irreparable, que no hubiese otra opción que dejarlo.
Y lo dejaron( ella a él) 
La vida siguió en los talones, en los edificios perpendiculares, en los sueños. En el impulso repetido de acumular libros que nunca leía por falta de tiempo o coraje.
No penséis que el texto tiene un giro, no, este tipo siguió así. Incapaz de casi nada, eso sí con una manera refinada, autodidacta y preciosista, de hacerse un daño proporcional a las marcas por centímetros de infancia, que una vez adornaron las paredes de su casa.


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada