domingo, 15 de noviembre de 2015

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En América la fiesta de todos los santos es diferente. La gente se disfraza de pitufina, Jack Sparrow o Steve Rogers. En los bares sirven cerveza en jarras de limonada. Es como el carnaval, pero con mucha menos gracia.
Yo solía beberme dos o tres margaritas y el entorno empezaba a darme un poco igual. Más que nada porque estaba enamorado de la mujer que sonreía y me sacaba fotos.
Llevaba dos alas negras y solía decirme muchachito. Tenía el cabello rubio y cierta tendencia a aparecer en mis poemas. Era materialista y pasional, derrotada y fuerte, luchadora egoísta. Americana de adopción, antiFidel, Barbie con los pechos de plástico, un BMW deportivo y las cuentas a cero.
Yo no era mejor que ella. Básicamente porque tenía el mismo miedo al vacío.
Pero hubo varias noches en que se quitaba el envoltorio y me permitía entrar a sus ojos de niña, a su idioma de cuento. Amaneceres certeros en las que dejó al descubierto las heridas del padre. Instantes en los que rompía las máscaras a puñetazos y yo intentaba abrazarla.
En los días violentos que vinieron después, ella me cerró la puerta para siempre, mientras desde mi atalaya cobarde, yo la llamaba yanqui, caprichosa, artificial, sin tener la certeza de que mis hombres llegaran a sus apellidos.
Lo cierto es que ni ella fue la séptima modelo de Victoria Secret, ni yo fui el ciudadano intachable.
A pesar de todo me quedo con esas tardes en que sus párpados de 6 años jugaron con mis manos de rayuela.
Sin duda alguna en esta vida, estábamos predestinados al choque.  

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