viernes, 10 de julio de 2015

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Hay un Chino en la calle Montera. Su dueño es un tipo bajito, con el pelo grasiento, la mirada obscena y las manos más sucias que he visto en mi vida. Llegué hasta él desde Sol, eran las doce de la noche. Tenía un hambre del tamaño de Canadá y se me ocurrió caminar en dirección Gran Vía, buscando un sitio donde comprar algún aperitivo que parcheara el sonido de mi estómago. 
Mientras decidía, entraron dos prostitutas que eligieron una Fanta Naranja y una Coca-Cola. El tipo las miró como miran los carroñeros a sus víctimas, dijo algo en un idioma ininteligible y ellas asintieron como quien acepta la soga. Pagaron 2 euros y justo antes de irse, pidieron un par de pajitas, que el dueño les dio, no sin antes pasarse la lengua por el labio superior, mientras les radiografiaba el cuerpo a modo de despedida.
La operación se repitió dos veces más, misma coreografía, que terminaba con dos cuasi-adolescentes saliendo a cumplir su condena, con una lata de refresco con pajita entre sus manos.
Al final no compré nada, salí a duras penas del antro inmundo, con el corazón gravemente dañado y preguntándome qué criterio se sigue en el infierno para elegir a sus víctimas.

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