miércoles, 15 de abril de 2015

21

Llevaba tres años dibujando el cielo. Cada tarde a la misma hora, colocaba los lápices frente a la ventana, mientras mordisqueaba una manzana. 
Siempre repetía el mismo ritual, estiraba los trazos como quien controla una cometa, pero el viento, la lluvia o el sol solían desordenarle las metáforas.
El tercer día del cuarto año agarró delicadamente la lámina, la estuvo contemplando un buen rato frente a la chimenea y finalmente la arrojó al fuego.
Fue en ese preciso instante, cuando la visión del crepúsculo 
irrumpió con fuerza en los límites de su percepción.
Preparó una taza de café, se sentó de nuevo en su mesa de trabajo y terminó el dibujo en apenas un par de horas.


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