domingo, 12 de abril de 2015

14

Era noviembre en el cielo 
el día de la fractura. 
Concretamente las nueve y seis.
Yo quería una muerte dulce, un ritmo que me meciese 
hasta perder la memoria del ombligo.
Pero fue un hacha, no un cuchillo fino, un telegrama o una voz en off.
Un continente de acero me separó la espina dorsal tantas veces como vidas tiene el tiempo.
Desde entonces no me busquéis en el verbo, perdí la capacidad de conjugar otros cuerpos.
Esquivo el contacto, mis labios no saben escribirse en otra historia.
Juro que a vuelcos de corazón hay mujeres que me desordenan los papeles.
Las intuyo entre mis huellas, las deseo tristemente, incapaz de hacerme un hueco en el impulso de acercarme.

Solo 
como un principiante 
que se enfrenta al silencio
sin armas de calor, 
vago entre las fotos de los días
consumiéndome en el intento de sentir
que hay alguien al otro lado.

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