sábado, 2 de enero de 2016

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Empezamos a perder la batalla el día en que inventaron los relojes. Esas pequeñas máquinas pasaron a controlarnos el pulso, acelerando o aminorando el ritmo, la calle, los días. 
Pero éramos libres aún, podíamos llamarnos a gritos, la gente todavía se hablaba desde las ventanas, y el amor vivía en los cuerpos. 
Pero inventaron los cierres centralizados, las entidades bancarias, el sexo sin amor, el prozac, las reglas. 
Alguien escribió Un Mundo Feliz y no le hicieron caso. Pero todavía existían las cabinas y las sesiones dobles de cine, las cartas de amor, los poemas en papeles mojados. Incluso todavía tenían valor los amores de verano.
Pero llego Internet y empezamos a perdernos realmente. Sustituimos las cartas por los e-mails. Aparecieron los teléfonos móviles y dejamos de memorizar los números importantes. 
Pero todavía eran rudimentarios, dinosaurios de teléfonos que descosían los bolsillos del pantalón y servían para llamar y mandar algún mensaje escueto.
Hasta que aparecieron los teléfonos inteligentes, whatsapp y las redes sociales. No nos dimos cuenta que esto no presagiaba nada bueno. Teléfono inteligente + red social = individuo atrapado.
Cada teléfono, cada aplicación, cada red social nos brindaba la opción de bloquear a la persona que quisieras , dándonos el poder del mago.
Y ahora, cada vez se lleva menos decirse las cosas a la cara, confundimos cortar por lo sano con abrir en canal el espacio y apartar lo que ya no interesa.
Lo cierto es que desde que te fuiste sin más, bloqueándome del Whatsapp y restringiéndome las llamadas, soy incapaz de ponerme en contacto contigo, porque a pesar de que sé dónde vives más o menos, nunca se me ocurrió meter tu dirección en el GPS, porque no he confiado nunca mi camino a este artefacto inmundo.
Así que debo asumir que tu mitad se separa de la mía, porque quizás nos mantenía comunicados la herramienta equivocada. 
Pero te digo, cuánto bien hubieses hecho en mí, al decírmelo a la cara o a los ojos, porque este silencio infame me duele tanto que no sé separar el cuerpo del mismo dolor.
Sé que después de esto no volveré a confiar tan fácilmente en nadie. Porque no es la primera, ni la segunda vez que una mujer me silencia para siempre, a pesar de mi firme insistencia de seguir vivo.


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