lunes, 25 de enero de 2016

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En el bosque habita el tiempo de otra forma. Serena la luna lo sabe, por eso juega a rozarse con las ramas y las criaturas que moran sus dominios como si el mundo fuese.
De Musas habla el viento presente, cuando de boca a verso va contando historias de mujeres que son poesía. De la naturaleza de sus hombros, de la quietud de párpados cuando emiten una frecuencia singular, tan asombrosa que la noche suele ensancharse como el abrazo de un Golem.

La Musa tiene dos vocales, abarcando el fin y el principio.
Dicen que un árbol de historias crece en su antebrazo, como señalando algún punto que solo ella puede navegar.
La historia y los hombres han quemado naves intentándolo.
Resulta que su pelo es del color del sol a mediodía y que si alguna vez tienes la suerte o la vida de ver cómo camina, comprobarás sus andares de niña en un metro ochenta de mujer.
Tiene las manos grandes, no tanto como sus ojos o el porvenir que proyecta en los labios de los hombres que pronuncian su nombre.
Bebe tequila y fuego, camina ciudades bañando de solsticio los portales.

Lleva la naturaleza como un signo más de su cuerpo. Se ríe como hace siglos no se oía y suele escribir al limite. 
Es difícil no habitar su espacio cuando aparece en mitad de una cafetería, ya sea para charlar o preparar un recital. 
Todo fluye. Digamos que las palabras se acomodan a una estructura anterior a cuando fueron creadas.


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