lunes, 14 de marzo de 2016

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Cada vez que veo una persona con mocos sólidos colgando cual lámparas de araña de los huecos de la nariz, mientras se bebe un café de Starbucks en mitad de la calle, pienso que el gafapastismo ha llegado demasiado lejos y sin embargo aquí estoy en el Starbucks de Infantas, tomándome un delicioso café Mocca.
Lo primero que viene a mi mente es la calle Libertad aquí a dos pasos, con su templo de la canción de autor en el número 8 donde he recitado más de diez veces y menos de cien y me he ido curtiendo como poeta participando de los talleres propuestos por Andrés Sudón.
También asocio Starbucks con los viajes, así que a bote pronto recuerdo un día del mes de noviembre en Miami, gastando mis últimas horas allí, tirando de wifi, mientras escribía un correo larguísimo a la mujer que no quiso despedirse de todos los hombres que fui, mientras bailé con ella lo que duró la vida que compartimos en el estado del sol. Pero como no todos los viajes han sido amargos, también recuerdo los desayunos con Dani y María en Tokio mientras planificábamos la ruta de cada día. Dani solía desayunar un zumo y un sandwich, mientras María y yo solíamos elegir cruasán relleno de queso y jamón y café con leche.
Pensaréis con toda razón qué coño os importa lo que pueda o no recordar un tipo como yo, mientras habita el espacio de una franquicia poderosa, y no puedo más que contestaros que lo de menos es esto, la franquicia, la taza con logo, el café y lo de más es el goteo de personas que ahora mismo caminan calle abajo, mientras observo sus rostros a través del cristal y sus vidas se me filtran a través de las retinas.

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