Solía despertarse a las
9:12 de la mañana. Como si el tiempo fuese exacto con él, animándolo a
desligarse del nido. Abría la persiana, recibiendo los primeros rayos del sol
en los hombros y en la frente.
Esa era la única caricia del día.
Luego desojaba naranjas y mangos, preparando
zumo y haikus, en la misma proporción.
Se imaginaba a la musa esperando, por eso
dedicaba a cada operación un tacto especial. Vertía el zumo en una copa de
lluvia, a la vez que daba forma a las tostadas. Mientras creaba, solía cantar
la única canción que conocía, una suerte de melodía cercana al Oriente que una
vez aprendió mientras soñaba que era águila.
Pero la musa nunca aparecía.
Los haikus terminaban desordenando el salón, mientras el hombre tragaba zumo y
lanzaba las tostadas contra la pantalla de plasma.
Vencida su esperanza, se vestía de herramienta a las 9:58 y ocupaba su posición
previamente determinada, dentro de la caravana de los números primos.
Así fueron las cosas mientras los edificios y las puertas se mantuvieron en
pie.
Un terremoto de mujer lo cambió todo.