viernes, 10 de julio de 2015

94


En el idioma de los alfiles 
la curva es el horizonte,
se desplazan 
con espíritu de flecha
como golpeando el ombligo
de la luna, sin acercarse jamás
a la noche que nace más allá
del fulgor del poema.

93


Me preguntaba qué significa conocer a una persona, es decir salirse del yo y percibir la certeza del otro. Reconocer su manera de caminar el mundo, poner ojos allí donde el intercambio dibujó nuevas formas. 
Me pregunto si es posible en este mundo nuevo de redes, donde la masa social bascula a razón de tendencia, fruto del intercambio de caracteres.
La inmediatez nos empapa las raíces, como si fuésemos nenúfares ciegos de calor.

92


Para la revolución 
dos claveles, 
para tu risa 
un escenario. 
Que las tablas te impulsen
a desabrochar el idioma común
de las butacas del amanecer
y siempre vueles a pesar de la lluvia
o el cuerpo de ciudad.
El mundo necesita de tu asombro,
nada es lo que parece
cuando se actúa o se vive.

91


Para la mordaza 
yo digo: amor 
porque el amor 
siempre nace.

90


Iba en el metro leyendo una novela de Karl Ove y pensé en mi madre, en la mujer que era cuando yo apenas le llegaba por las rodillas. En su entrega, como si su cuerpo fuese un paracaídas del mío. 
Leyendo, visualizaba momentos de mi infancia y casi sin querer, a través de esa sucesión de imágenes, he llegado hasta aquí.

89


Solía despertarse a las 9:12 de la mañana. Como si el tiempo fuese exacto con él, animándolo a desligarse del nido. Abría la persiana, recibiendo los primeros rayos del sol en los hombros y en la frente. 
Esa era la única caricia del día. 
Luego desojaba naranjas y mangos, preparando zumo y haikus, en la misma proporción.
Se imaginaba a la musa esperando, por eso dedicaba a cada operación un tacto especial. Vertía el zumo en una copa de lluvia, a la vez que daba forma a las tostadas. Mientras creaba, solía cantar la única canción que conocía, una suerte de melodía cercana al Oriente que una vez aprendió mientras soñaba que era águila.
Pero la musa nunca aparecía.
Los haikus terminaban desordenando el salón, mientras el hombre tragaba zumo y lanzaba las tostadas contra la pantalla de plasma.
Vencida su esperanza, se vestía de herramienta a las 9:58 y ocupaba su posición previamente determinada, dentro de la caravana de los números primos.
Así fueron las cosas mientras los edificios y las puertas se mantuvieron en pie.
Un terremoto de mujer lo cambió todo.